Sombras chinescas (por fin)
Después de tenerme enculada un pequeño rato (cómo recuerdo su polla perfecta, grande y dura, que me hacía sentir empalada de verdad...) la sacó poco a poco para hacer aquel placer un poco más interminable... Yo seguía, os recuerdo, en mi posición de cuatro patas encima de aquella mesa dura y fría de mármol que siempre me recordaba a la escena de las lápidas de La Colmena. Decía, que cuando sacó su polla de mi culo, se la miró y dijo “Uy, me la has manchado, me la vas a tener que limpiar” y se volvió a cambiar de sitio acercándose a mi boca. Yo que estaba extasiada no pude menos que chupársela; ya me daba igual lo que en ella trajese, porque estaba como ida y sabía que él estaba excitado y eso me excitaba aún más. Además de que aquel sable se merecía ser limpiado como ninguno obviando la pertenencia a aquel cuerpo y a aquella mente sucia y corrupta, aunque quien sabe, quizás ser poseída por aquel gañán de polla inmensa y perfecta era lo que más me atrajese, pensar que la suerte había dotado a aquel infraser de tal hermoso elemento ...
La última imagen que tengo de aquel día es a la que se refiere el título de esta aventura.
En aquella posición de repente oímos un ruido fuera de la ventana de la cocina. Aquella ventana daba a un patio y a un gran muro en el que justo descubrimos que se veía nuestra imagen proyectada en tamaño gigante. Yo que aún seguía encima de aquella mesa y él con sus pantalones bajados, permanecimos unos segundos mirando hacia allí. Luego el soltó un sonoro “Mierda!” y rápidamente fue a apagar la luz de la cocina. Luego me llevó a la habitación casi a rastras que se encontraba al otro lado de la casa y yo para mis adentros iba riendo porque supuse que fue algún vecino quien hizo aquel ruido de aviso o de protesta después de haberse estado deleitando un buen raro con nuestras sombras chinescas.
